Esta semana he estado en San Sebastián en el Congreso de Museos que este año hablaba sobre público. La verdad es que, en general, los participantes han hablado de los puntos más fuertes que hacían referencia a sus museos, no todos haciendo hincapié en el público.
Me ha interesado especialmente una discusión que hubo entre Iratxe Momoitio Astorkia del Museo de la Paz de Gernika, Nerea Alustra Alonso del Museo de la Industria Armera de Eibar y el director del Museo Etnográfico de Artziniega de Vitoria. Cada uno mostraba un punto diferente dentro del tema del público: desde Gernika se quejaban que aunque internacionalmente eran conocidos la gente de su pueblo no les conocían, incluso les confundían con correos, y todas las campañas habían sido infructuosas; Nerea estaba muy contenta porque su museo se había formado a partir de la colaboración ciudadana que donó obras, ayudó a catalogarlas… los ancianos armadores de Eibar se habían volcado en el proyecto; y el director del Museo Etnográfico de Artziniega se quejaba de que no había público prácticamente, pero generalizó su queja a toda la sociedad vasca que prefería irse de bares que ir a ver un museo.
Me llamó mucho la atención este comentario porque desde que vivo en Barcelona me he dado cuenta que la gente cuando quiere quedar muchas veces te ofrecen ir a ver una exposición. Siempre me ha sorprendido porque muchas de estas personas no muestran interés ni por el arte ni por otros actos culturales más allá de esos encuentros que siempre he pensado que son una excusa para quedar. Sin embargo, en el País Vasco siempre me ha costado quedar con alguien para ver una exposición porque la costumbre es acabar el día tomando algo en un bar, e ir a ver una exposición te quitaría ese tiempo.
A mi modo de ver, si no consigues que la gente se implique como en Eibar, la gente prefiere socializarse de otros modos en el País Vasco, no porque rechacen la cultura sino porque tienen unas costumbres. Igual pasa en Barcelona, si quieres mover a alguien para quedar para tomar solo un café, normalmente es misión imposible. Al fin y al cabo somos seres de costumbres y nos sentimos cómodos en ellas. Siempre he pensado que la educación tiene un valor principal en educar en estas costumbres que no son más que hábitos que repetimos casi mecánicamente.
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