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Cultura y Simulacro de Baudrillard III

Lo social ha sido vencido en el anonimato, en la falta de cualidad histórica, en falta de idealidad y en falta de lo político. Sólo funciona un referente y es el de la mayoría silenciosa cuyo único modo de aparición es por el sondeo. La masa ya no es un referente porque ya no es del orden de la representación. La masa no se expresa se la sondea. El de la masa es un silencio que no habla y no permite que se hable en su nombre: de nadie puede decirse que representa a la mayoría silenciosa y esta es su revancha. Este es siempre el peligro de la generalización hoy en día, que no existe un referente como antaño eran la clase o el pueblo. Ya no somos sujetos, ya no podemos expresarnos y hemos perdido la caracterización. La individualidad que en esta época de liberalismo capitalista es la insignia de la libertad es también un simulacro ya que el individuo ha dejado de ser sujeto de valor, de pensamiento y de opinión.

La estrategia del poder se fundamenta sobre la apatía de las masas pero la inercia que fomentó se convirtió en el signo de su muerte. Este proceso hoy en día es irreversible mientas cada uno tengamos lo necesario para ser definidos como mayoría silenciosa, la felicidad consiste en tener-manipular y no en ser como indica Eric Fromm. No se puede incentivar a lo social ya que toda información sólo favorece el proceso entrópico e hiperreal. Lo negativo de la masa es que absorbe toda la energía social pero no los crea. Todo discurso creado queda inscrito dentro del ámbito del mecanismo de la simulación y pasa a ser una opción más que hay que respetar tanto como la contraria. Esta es la época de la elección y la multiplicación de recursos no supone un problema. La masa, por tanto, realiza la paradoja de ser a la vez objeto de simulación y un sujeto de simulación capaz de refractar todos los modelos y de verterlos de nuevo por hipersimulación. Como resultado la masa no es sujeto ni sujeto.
La sociedad vive en una inversión del orden de lo privado y lo público. Igualmente se invierte el tiempo débil y fuerte. La banalidad como ocio se valora cada vez más y cualquier esfuerzo es rechazado. El repliegue sobre la privacidad por lo banal y el rechazo del trabajo como algo productivo para el sujeto mismo es un desafío de la política. Lo público, el trabajo y la implicación social, es rechazado por las perspectivas de satisfacción del individuo que dirige sus deseos hacia lo improductivo. Sin embargo, a través de la banalidad se produce una microrrevolución debido a la impotencia de control político y social sobre ella. En la actualidad, por ejemplo, el subsidio al desempleo provoca un paro en aumento, la sanidad gratuita provoca un déficit en la economía, las jubilaciones son un problema ya que todos desean jubilarse anticipadamente y la esperanza de vida crece, la inmigración se fundamente en encontrar un trabajo en el que se gane más con menos esfuerzo… el estado de bienestar que desde las políticas socialistas se pregonaba como la culminación democrática estatal ha demostrado ser imposible. Fueron precisamente los propios políticos los que con los procesos de disuasión crearon la mayoría silenciosa que mientras conceden sus votos sin dudar van destrozando cualquier apuesta positiva. Así, la resistencia a lo social progresó más rápidamente que lo social.

La única solución posible es la de la implosión por el triunfo de lo hiperreal: consiste en consumir cada vez más. Un caso paradójico de actualidad es el caso de los medicamentos. El consumo en masa de los medicamentos autorrecetados ha producido que los medicamentos se vuelvan inservibles. La automedicación a menudo es producto de la pereza de acudir al médico o de la hipocondría de las personas. Igualmente aumenta la violencia en aulas por niños que han crecido ante las imágenes de violencia extrema y se ven desensibilizados ante ellas, y faltos de una referencia autoritaria clara.
Estas teorías de Baudrillard han generado un arte que denuncia una cultura aceptándola y llevándola hasta el extremo. Los autores se suman al simulacro. Se crean productos artísticos desposeídos de verdad, de genialidad, de originalidad y de aura. Presentan fetiches triunfantes y simulan representaciones mutables de la realidad. Juegan al juego de lo hiperreal. El objeto artístico se convierte en algo extraño. Lo que importa no es el sujeto que desea sino el sujeto que seduce, que disuade. El artista ya no debe imitar o parodiar la realidad sino extrapolar signos de ella para crear una hiperrealidad. El arte genera mundos simulados. Todo este movimiento parte ya de un referente en la apropiación de objetos de consumo popular tal y como hacía Andy Warhol o Duchamp con el ready-made, anteriores a la obra de Baudrillard pero que a partir de ella ha surgido enriquecida con nuevos significados más actuales.

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2 COMMENTS

Todo mundo le copia y no hay nada nuevo

diciembre 14, 2013 at 3:42 am

Lo que se propuso lo logro , se cago de risa de la burguesía del consumo de arte , y de los ricachones, coleccionistas

abril 1, 2016 at 12:04 pm

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